Lo bueno de vagar por el desierto y sufrir la sed y el calor que deshidratan y abrasan a partes iguales la emoción cultural de ver un producto de calidad en una pantalla, es que cuando encuentras la más mínima porción de vegetación, sombra o agua, sientes una alegría enorme que nada tiene que ver con la desidia de acostumbrarte a lo bueno. Ese mini oasis en el desierto de Netflix se llama Ripley.
Es cierto que no es una historia original ( el libro es de 1955), quizás por eso es buena, porque nada original, entendiendo original como creado en el siglo XXI, tiene absolutamente nada de calidad. Y es cierto que adolece de cierta consistencia narrativa en algunas escenas para poder pasar de un acto a otro sin dar demasiadas explicaciones. Pero todo lo bueno que tiene compensa estos defectos.
Desde el protagnista, Andrew Scott, que aprovecha su madurez interpretativa para seguir creciendo en cada cosa que hace, hasta el giro final, de sobra conocido pero que sigue soprendiendo, pasando por la espectacularidad técnica de las tomas y fotografías en blanco y negro, sin duda el punto fuerte de la cinta, Ripley es una obra de esas que merecen tenerse en una videoteca.
Y la verdad es que tengo poco más que añadir. He oido por ahí que es demasiado lenta. ¿Qué cosa hoy en día que tiene algo de profundidad, emoción, alma, no lo es? Vivimos sufeando en la prisa y cualquier acontecimiento que requiera un mínimo de atención sencillamente es engullido por el romper de esa prisa, una y otra vez, en nuestras espladas. Preferimos que nos las rompa a bajarnos de la tabla, salir a la orilla, respirar profundamente y mirar al mar.
Es una serie para saborear. Las escenas del mar rompiendo en el Ferry son sencillamente deliciosas. El juego de luces no se veía a este nivel desde Ciudadano Kane. La historia, sin ser lo mejor, mantiene el interés. Los personajes están bien definidos si se pasa la mano por esos fallitos ya comentados de inconsistencia puntual y cabos sueltos.
En resumen, 8 episodios. 8 horas para salir a la orilla y respirar, mientras se visiona un remake de una gran historia de mediados del siglo pasado rodada con un gusto muy fuera de los estándares de los tiempos que corren. ¿Se puede pedir más? Muy recomensable.

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