Uffff. Por fin he terminado La Juguetería Errante. Un libro
de 1946 que había comprado en una Feria del Libro por ir de cultureta y
posturear un rato. Me ha costado la friolera de 6 meses acabarlo pero me había
prometido a mí mismo, movido sólo por el orgullo, que lo iba a terminar. La
dificultad fundamental que he encontrado es que ha sido el único libro que he
leído que me produce un tremendo sopor, independientemente de la hora del día o
el estado de ánimo. Esto puede ser una ventaja para el insomne pero no para mí
que tenía como objetivo acabarlo.
La historia es lenta, la trama intenta ser rebuscada, pero
como esos complicados nudos que se deshacen solos tirando de los extremos, no
deja de ser sosa y previsible. Los personajes pedantemente cultos y demasiado
estirados, incluso caricaturizables por momentos. Chistes forzados y sin gracia...
Todo esto hace que el fluir de la narrativa sea como membrillo por las venas,
lento y doloroso a cada paso. Bien es cierto que al mirarlo con perspectiva y
considerando que es una obra "maestra clásica de la novela policiaca
inglesa", según la contraportada, de mediados de siglo XX soy capaz de
perdonar algunas escenas, originales en la época, pero terriblemente manidas en
pleno siglo XX o reconocer la intención de algún chiste de extrema ingenuidad
si lo cuentas en 2017 (algo así como los chites de Jaimito).
Pero cómo de toda experiencia se saca algo positivo os diré
que se puede aprender mucho de las tendencias de la época de un libro fijándote
sólo en cómo está escrito, sus expresiones políticamente incorrectas pero sin
intención de herir (simplemente era algo normal) y el sentido del humor
casposo, pudoroso y verde a la vez. Hoy en día a toda vergüenza del pasado, que
estaba considerada como algo normal para ellos, le ponemos adjetivos duros y
muy negativos pero a las vergüenzas socialmente aceptadas de hoy en día nadie
les pone adjetivos de ningún tipo por el simple hecho de que nadie se para a
pensar que son vergüenzas al mismo nivel o más que las del pasado.
Se habla de la horca como algo normal y hay un clasismo
notable en las escenas con servidumbre (los protagonistas son escritores o
detectives de éxito, héroes, no antihéroes) de una forma muy natural, no como
cuando se escribe ahora una novela histórica que el trato a la servidumbre se
utiliza para reivindicar los derechos del trabajador aunque nada tenga que ver
con la historia principal. Y es machista. De principio a fin. Los personajes
femeninos o son hermosas damas, ingenuas y algo estúpidas o son las que la lían
con sus excentricidades típicas de mujeres. Hasta tal punto es machismo
aceptado que el libro acaba dejando ver que todo lo que te ha contado la novela
es una metáfora de la mujer que es, y aquí viene la generalización brutal,
voluble, decorativa y vanidosa. Es un final que pega tan poco en un novela
policiaca al estilo Sherlock Holmes que te deja pensando ¿y decir esto era
normal? Pues a mediados de siglo XX parece que sí.
Lo que me llevo del libro es que las generalizaciones
siempre existirán y dependiendo de la época y los grupos de presión y control a
veces serán socialmente aceptadas (normales) y otras veces serán motivo de
lapidación pública. Ser consciente de esto en un siglo como el XXI es muy
jodido. Ya no podréis ver la tele ni leer la prensa nunca más, ni ser
machistas, ni feminazistas, ni independentistas, ni terroristas, ni opresores
occidentales, ni sindicalistas, ni vegetarianos, ni de Greenpeace, ni veganos,
ni naturistas, ni empresarios, ni emprendedores, ni hombres, ni mujeres, ni
LGTBI, ni prácticamente nada, porque hoy en día todo es crispación y la
crispación desaparece cuando entendemos y vemos nuestros errores y comprendemos
entonces los de los demás para ayudarnos mutuamente en vez de apalearnos. Todo
lo contrario al mundo de hoy.
En resumen, una novela clásica británica de 1946 de
detectives. Demasiado pedante para que fluya pero que puede tener su público.
Siempre habrá alguien que lleve monóculo y hable como Lord Aguafiestington.

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