Gracias al impulso del aire fresco y el buen hacer generado por La Isla Mínima se han hecho varias películas de notable en nuestro cine. Esta película es una de ellas, la mejor diría yo. Eclipsada injustamente en los Goya de 2016 por la sobrevalorada Tarde para la Ira (otra demostración de que los premios, en general, de nada sirven más que para manejar intereses) es una cinta que mantiene al espectador pegado a la silla de principio a fin.
La gestión de expectativas es muy importante en cualquier ámbito de la vida. El cine español tiene esa ventaja sobre el del resto del mundo, que la expectativa es baja, lo que provoca que un buen trabajo se convierte en superlativo. Esta historia, como la mayoría de ellas, no inventa nada, hay un malo, unos buenos no tan buenos (cómo toca en el siglo XXI) que tratan de pillarlo y una serie de giros sorpresivos que te entretienen y mucho.
Lo que verdaderamente le da valor a la película, lo que la pone por encima de la media, son los personajes y como están representados. Son personajes con personalidad, distintos pero que a la vez te invitan a que los entiendas. Antonio de la Torre como siempre impecable a pesar de correr el riesgo de encasillarse que yo creo que escurrirá bien porque tiene talento. Pero el que verdaderamente me ha sorprendido es Roberto Álamo. Su personaje es una maravilla y contra todo pronóstico le saca el mayor partido posible. Una actuación memorable que me produce la agradable sensación de cuando te llevan la contraria y te sabes equivocado. El mérito, por supuesto, también es del director que hace que cada detalle esté cuidado y cada escena sea tan creíble que te metes dentro. Quizás hacia el final flaquea un poco pero puede ser mi percepción después de mantener la tensión tantos minutos.
En resumen, una de las mejores películas españolas que he visto en los últimos veinte años. Ojalá se siga en esta línea porque da gusto salir del cine contento con el cine patrio.

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