Nunca debemos olvidar que el cine es ante todo entretenimiento. Están muy bien las historias con moraleja social, los complicados enredos para hacer una ácida crítica política o las que están diseñadas para hacer un valoración vital de tu existencia, pero no quieren decir que sean mejores que una película que te mantiene entretenido de principio a fin.
Es el caso de El Bar. Con ese tono callejero y socarrón al que Alex de la Iglesia nos tiene acostumbrados cuenta una historia muy entretenida con varios giros que llegan en el momento oportuno y obtienen el efecto deseado que no es más que mantener al espectador pegado a la silla. Las escenas de tensión y humor se suceden con naturalidad y algunas son realmente buenas.
Los personajes están tratados con maestría, cada uno representando algo que todos tenemos dentro, y hay uno de ellos que, si no viviéramos en el siglo XXI y estuviéramos de vuelta de todo, podría haber sido realmente memorable. La mano del director también se nota en el desempeño de los actores. Parecen todos buenos, lo sean o no.
No es una obra maestra, tiene algún gap en la historia que los puristas aborrecerán y licencias que tienes que concederle para que todo encaje pero al menos no sales del cine pensando lo caro que es, y eso hoy en día no tiene precio.

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