La Doncella es una película koreana cuyo mayor valor son las sutilezas, las delgadas líneas que separan conceptos que consideramos buenos o malos. A diferencia de otras películas asiáticas donde la carga cultural es grande y pueden no ser entendidas o infravaloradas en occidente, La Doncella trata un tema que, aunque parezca exagerado, puede imaginarse sin problemas en el mundo real por cualquier ser humano.
El hilo conductor es una historia perfectamente hilada con varios giros más o menos sorpresivos pero eficaces que no deja de ser una excusa para exponer situaciones salpicadas de erotismo, amor silencioso, lascivia, perversión y errónea búsqueda de la felicidad. Son estas salpicaduras lo que le dan un valor superior a la historia. Los planos abiertos de forma imposible en lugares cerrados, las escenas cara a cara con columnas en medio, las miradas, los pequeños objetos que sirven de icono memorístico al espectador, todo ello rezuma delicadeza. La película está hecha con mimo.
Sin embargo, quizás en esa búsqueda del bien y el mal, de lo blanco y lo negro, del oprimido contra el opresor, los personajes alcanzan ciertos límites que lleva en algunos momentos a la parodia y te sacan de la carga emocional del momento. Si bien las escenas eróticas funcionan mejor que los guiños de humor, a ambos aspectos les falta algo de fuerza o intención.
En resumen, una película para ver con paciencia, sin prisas, en la que se nos expone una historia truculenta y agria a partes iguales donde la mayor belleza está en los detalles y que requerirá de una fuerte carga propia de imaginación y odio para que te ha haga sentir algo más allá de o normal.

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