Siempre he considerado a Almodóvar como un contador de historias por encima de todo. Un preciso diseccionador de emociones y sentimientos narrados, eso sí, desde su clásico marco de personajes minoritarios o socialmente inadaptados (o más bien pertenecientes a una sociedad inadaptada a ellos). Y esa es su magia, poder poner en la piel de esos personajes a una buena parte del resto de la población.
En Madres Paralelas todo este mensaje no existe. Solo se me ocurre que por la cabeza del director pasaran dos cosas: “Voy a ganar el Goya como sea, aunque tenga que hacer una apología del progresismo más propagandístico” o “Voy a hacer algo tan exagerado que parezca una sátira, a lo Valle Inclán, de lo que esperan estos premiuchos que haga”.
Sátira o no, el Goya no lo ganó y ha dejado la peor de sus películas de largo, y de gordo. Sólo se salva la intención de que parezca una obra de teatro, lo que funciona en unas pocas escenas, y algún fundido en negro a lo Hitchcock, que queda gracioso, aunque carezca de sentido.
Más clichés no se pueden meter: Memoria histórica de mitin; Homosexualidad metida con calzador; Pancartas feministas en cuadros y camisetas al más puro estilo propagandístico de Castro o Lenin; De los 5 personajes masculinos que se mencionan 3 son unos violadores y 1 es un cabrón sin escrúpulos; Las mujeres pueden cometer felonías (faltaría más) pero se perdonan todo entre ellas porque son madres solteras luchadoras (aunque tengan una niñera de día y otra de noche). Se salva la crítica encubierta, y supongo que no intencionada, de la ignorancia e ineptitud/ingenuidad de la juventud, representada por Ana (Milena Smit), que de nada sabe, ni quiere saber, salvo de victimismo cuando es adoctrinada por Janis (Penélope Cruz), y es el lienzo perfecto para pintar un cuadro tan revanchista como reaccionario.
Y aún si todo esto estuviera bien contado pues vale, pero es que la historia queda en una mera excusa, y ese es el verdadero problema. Los actores no tienen química, parece que se ha rodado cada escena en diez minutos. Solo Aitana Sánchez-Gijón tiene un momento de brillantez haciendo que hace teatro. El ritmo es inexistente, la última media hora es insufrible, dejando de lado a las madres para centrarse en la propaganda de nuevo.
La historia es predecible a más no poder y ni siquiera la buena de Rosi de Palma aporta el humor suficiente para tapar los agujeros.
En resumen, si eres carne de meeting te va a gustar, si no es difícil que la califiques más allá del bodrio. Una pena este giro en Almodóvar. Podría haber expresado sus ideas de manera más artística, como ha hecho siempre.

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