Dicen que es difícil ser ecuánime cuando se habla de religión, fútbol o política. En realidad, no es tan difícil, es incluso fácil, una vez que entiendes que todas las posturas tienen la misma esencia: los tres son elementos subjetivos no demostrables y cuyo resultado depende de un tercero del cual no se sabe nada, casi nada o lo que se sabe puede ser verdad o mentira.
El Reino va de política, pero habla de dignidad, compromiso, vergüenza y responsabilidad. Es una flecha que no puede errar su blanco puesto que cualquier flecha contra el enemigo es un acierto. Y los políticos y los medios de comunicación son el enemigo común del pueblo. Aunque no hay que olvidar que el caldo de cultivo de ese enemigo tan rastrero y sinvergüenza es el propio pueblo. Es una cuestión de inercias. Pero vamos a la peli.
El guion del reino no es más que un collage de las noticias con las que nos tienen entretenidos últimamente los medios. Empresas ficticias creadas para blanquear, cuentas en Suiza o Andorra, audios de estraperlo, vídeos robados, etc. El éxito es ordenarlos y cubrirlos de una historia sencilla para conseguir un largometraje que engancha y cumple con nota su doble función de entretener y dar un mensaje.
Cabe destacar el reparto que, quitando alguno un tanto soso, raya a un gran nivel. El tono chabacano, el compadreo, las puñadas traperas, el coraje y la cobardía son reflejadas por los actores de manera realista. Sólo han tenido que copiar a los “protagonistas” de verdad, los reales, pero tiene su mérito. Otro punto peligroso y que el equipo ha sabido salvar es el partidismo. No se dan datos, ni escenas con intención, ni nada que permita la menor interpretación de que se ataca a alguien en concreto. Es un ataque generalista bien traído. Lo que sí hay son analogías bien repartidas que nos recuerdan a algún caso real. Guiños necesarios.
Sin embargo, es una pena que haya un par de escenas poco creíbles y que te sacan de la burbuja de tensión e interés en la que flota la película durante casi todo el metraje. Se podrían haber terminado mejor, aunque se tuviera que haber dejado de lado el componente de acción.
En resumen, una película que ordena y muestra de forma clara el batiburrillo de mierdas que nos sueltan por la tele y por la radio con respecto a lo que está pasando (y siempre ha pasado) en la política y los medios. Y que tiene como principal virtud que en vez de dejar el mensaje incendiario y de pataleta que nos enciende la ira y poco más, trata de hacernos ver que la corrupción es inevitable e incluso normal (no solo en política o medios) y que la clave está en la responsabilidad del individuo. Y muchos individuos forman una sociedad. Y todos somos responsables de la inercia que esa sociedad tome. Muy recomendable.

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