Tenía muchas ganas de ver esta película desde que vi el tráiler allá por 2016. Siempre me han interesado las historias que tratan de dar importancia a las raíces y cómo el “progreso” se las va cargando y con ellas algo muere en nosotros. Los japoneses hacen esto como nadie, pero queda claro que los españoles no, al menos no en El Olivo.
Iciar bollaín dirige una oda al victimismo. Ese gran virus que comenzó a finales del siglo XX y, ya bien entrados en el XXI, está en máximo apogeo. Lo único que se salva de la cinta son: el olivo, el árbol, que es una preciosidad y los primeros minutos entre el abuelo y la nieta donde se atisba un algo de emoción bien traída al espectador. Luego todo se resume en una niñata irresponsable, insoportable, malcriada y egoísta, que no es capaz de ver su viga en el ojo y sí la paja en el ajeno (que no estaría mal si fuese lo que se busca con el personaje, pero no, se supone que es la heroína de la historia), tratando de alcanzar un objetivo irracional, a base de mentiras y engaños, a todas luces injusto y cuyo argumento sentimental no sirve de justificación lo mires por donde lo mires.
Los actores hacen lo que pueden y cumplen la verdad. Ellos no tienen ninguna culpa de no saber que cara poner ante un guion inconexo y con escenas extremadas entre sí que no hay cómo enlazar, aunque así se pretenda.
El abuelo, núcleo central de la historia o eso parece al inicio, se diluye y hacia la mitad directamente no sale (aunque sea en flashback), sacrificando el supuesto homenaje a la tradición y al amor por la lucha ecologista barata contra el demonio de las petroleras y los explotadores y malvados “jefes” (cómo el dueño del camión).
En resumen, un entrecot de ternera hecho en la parrilla de las sardinas. Quiere ser una cosa, que acaba siendo otra y que se vende como todo lo contrario, no acertando en ninguno de los casos. Un experimento fallido. Totalmente prescindible.



