Detroit es una de esas películas que toman una noticia de
una página central de cualquier periódico, escrita a una columna, en pequeñito,
y que tu atención centra durante menos de 60 segundos, y la desmigan para
mostrar el terror y el peligro que se aloja en unos detalles que permitimos que
se nos escapen porque dan demasiado pavor. Incomoda pararse en ellos. Pensar en
ellos.
Basada en una historia real muestra lo fino del velo de
seguridad en la que creemos que vivimos y cómo de la noche a la mañana las
cosas pueden cambiar. Somos como niños que se tapan con su sábana de “titanio”
hasta la cabeza para que ningún monstruo pueda tocarles. Y así nos dormimos
cada día.
El argumento es un tríptico que explica la situación de
Detroit en el año 1967, racismo, guetos, desigualdad, policía, para dar una visión
general como la que estamos acostumbrados en las noticias. Datos gordos que lo único que provocan en una actitud de "Una noticia
más de líos... Cómo está el mundo...", para después, casi repentinamente,
adentrarse en la historia de unos pocos protagonistas del conflicto global. Ahí aparece
el pavor. Lo microscópico desbanca a lo macroscópico y los detalles de las
pequeñas cosas se adueñan de tu piel, tu estómago y de cada músculo de tu cara,
para empezar a sentir de verdad y dejar de aparentar que sientes. El tríptico
finaliza con un intento de resolución pacífica que no hace más que demostrar
que no hay forma de cicatrizar sin dolor, sin marcas y sin odio una herida de
bala con unos alicates y unas grapas oxidadas.
El reparto está a un buen nivel. Nadie destaca demasiado.
Todos cumplen sin estridencias y solvencia a las exigencias de tensión del
guión. Lo más destacable es la dirección, Kathryn Bigelow es una apuesta segura una vez más. Escenas conflictivas de alta
tensión y difícil resolución que enganchan al espectador y planos sugerentes
para el ojo más observador.
En resumen, una buena peli de las que te hacen olvidar el
precio de la entrada y que hace disfrutar de un buen coctel de emociones de la
familia de la tristeza y el enfado.

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