
Farenheit 451 (Bradbury) acompaña habitualmente a 1984 (Orwell) y Un Mundo Feliz (Huxley) en el triplete clásico de mundos distópicos a los que echar un buen vistazo y sacar un buen montón de conclusiones.
Toda la novela se apoya sobre un único pilar que es la idea. Bradbury, como me pasa con Asimov, no me parece un novelista brillante, más bien son geniales ideólogos a los que vislumbro en una noche de insomnio delante de un sandwich de jamón y una copita de vino, teniendo un fogonazo de imaginación brutal, futurista, original y revelador sobre el que deciden dar forma, repentinamente, una novela, para, con un último bocado y apurando el vino, irse por fin a la cama con la sensación de trabajo bien hecho.
Lo que ocurre en estos casos es que la historia es una sucesión de escenas inconexas, o hilvanadas más que conectadas, que funcionan como excusa para dar forma a la idea original y al germen que se quiere dejar en el lector. Algunos diálogos están forzadísimos, y ciertos comportamientos, aún teniendo en cuenta las reglas del juego del mundo que propone el autor, no acaban de fluir, provocando una lectura a trompicones que no consigue ser completamente inmersiva. Eso no quita que haya algún monólogo remarcable.
Lo mejor cuando pasa esto es que la novela sea corta. Y esta lo es, lo que favorece que el punto fuerte del libro sea lo que nos quedemos al final, como una pepita de oro que aflora en el último momento de la última batea del río. Y es que la crítica social está ahí, la importancia del conocimiento en la evolución y la ignorancia en la involución, siendo las dos caras de una misma moneda que busca el bolsillo de la tan ansiada, como inalcanzable, felicidad, y que, paradójicamente, ambas nos pueden acercar tanto como alejar de ella. La carga filosófica del libro es profundísima y pone de manifiesto las dificultades del ser humano entre ser uno mismo y encajar en la sociedad que nos ha tocado vivir.
Escrito en 1953 sorprende la frescura que tiene hoy en día, casi 70 años después, dónde las encrucijadas a las que nos enfrentamos y los dilemas que se proponen siguen siendo los mismos, y dónde es fácil extrapolar las redes sociales, la televisión basura, la polarización radical, el control de los medios más las autoridades de turno, con los elementos (futuristas para la época) que propone Bradbury.
En resumen, una lectura rápida pero intensa, que pone de manifiesto preguntas existenciales para los que sean más curiosos, aunque todos deberíamos hacérnoslas al menos una vez en la vida. Que nadie espere una novela fluida, tipo Best Seller. la idea es plasmar la idea y que cale profundo en el cerebro. La estética, aún teniéndola, es secundaria.