Después de nuestra visita a Berlín, una de las tareas pendientes era ver una película recomendada por uno de los guías en nuestra visita a Sachsenhausen. Esta película era Hijo de Saúl.
Avalada por una gran cantidad de crítica y con varios premios en su haber, se antojaba como una obra maestra del cine húngaro. Es cierto que la película es diferente, que da un punto de vista hasta ahora no tratado con tanta profundidad y que está hecha con gusto, poniendo cuidado en cada detalle. Esto hace de ella una película muy buena, con muchas cosas a resaltar, pero sin el peso suficiente para ser una obra maestra.
Empecemos por la parte buena. Hay cientos de miles de metros de celuloide creados acerca del Holocausto. Lo sabemos casi todo. Historia, proceso, horrores, etc. Pero no es lo mismo saberlo y poderlo imaginar que vivirlo. Nunca una película se había creado íntegramente para este propósito. Tanto elegir el plano de cámara (primer plano del protagonista de frente o de espaldas el 85% del metraje) como los larguísimos planos secuencia redundan en una sensación de agobio y claustrofobia que realmente se paladea. Cuando nos dicen que en los campos de concentración se trabajaba es difícil de imaginar el nivel de actividad y velocidad requerida en los trabajos que nos retrata Hijo de Saúl. Muchísimo ajetreo y muchísimas personas, presos, guardias y trabajadores; ruido constante mañana y noche, metros y metros de instalaciones sin un centímetro cuadrado desaprovechado; gritos, cuerpos y muerte que se mastican como parte de una rutina en vez de una situación terrorífica. Esta forma de contar la vida desde dentro es el verdadero acierto del film y cumple con creces ese cometido.
Si a todo esto le añades la veracidad histórica de los detalles pues tienes una película casi redonda. La explicación de lo que eran los Sonderkommando y sus privilegios, los símbolos de colores bordados en la ropa de los prisioneros para identificarlos según su delito (política, judíos, homosexuales, etc.), la utilización de presos como “jefes” o “capos” de otros presos y sus aires de superioridad, la economía sumergida entre guardias y presos, o como se muestran las fases de los procesos industriales utilizados para exterminar “prisioneros”, son ejemplos de hasta qué punto László Nemes ha cuidado los detalles.
La contrapartida es la historia y la forma de contarla. En una situación tan extrema como la del protagonista se pueden hacer muchas locuras o tomar decisiones difíciles de entender por el espectador calentito en el cine, con sus palomitas y a salvo, pero se nota que se quiere dar un mensaje filosófico al final, que, por cierto, no queda claro (¿el futuro prevalece a cualquier guerra?), y esa es la excusa para montar una historia difícil de creer, aunque posible, en un campo de concentración. El caos que se quiere transmitir acaba infectando al ritmo y al argumento de la película dejando una sensación extraña de no entender y que hace que te salgas de la película en algunos momentos.
En resumen, una película muy buena si te interesa el tema de los campos de concentración y quieres sentir el horror que se vivió allí dentro. Sorprende sobre todo el frenesí con el que se representa cada tarea que se hacía allí, un día y otro día y otro día (aunque aquí sólo se cuentan unas horas). Abstenerse los que busquen una historia con gran carga emocional tipo El Pianista o La Lista de Schindler creadas para llegar a la masa.
PD: He probado la versión doblada y la VO en Húngaro con subtítulos. Al ser el sonido ambiente básico para esta peli recomeindo la VO con subtítulos.

